miércoles

El diablo penitente de Lekeitio


                         

Una leyenda muy antigua del maravilloso y singular pueblo vasco que tiene sus componentes reales y que debe conservarse como acervo cultural español.

Txili era un atalayero, una de las personas que se dedicaban a ir muy temprano a la costa antes que los pescadores y avisarles cómo se encontraba la mar, una profesión que era común hace un par de siglos en muchos pueblos de Euskal Herria.

Era un hombre corpulento e inteligente con fama de luchador y de no temer a nada ni a nadie. Muchas noches al otear el horizonte se encontraba con algún penitente, personas que semidesnudos y con disciplinas en las manos, se martirizaban ante una imagen religiosa.

En la taberna, con sus amigos, siempre bromeaba sobre el hecho de que a él no le daba ningún miedo toparse con alguno de ellos a medianoche, no porque fuesen peligrosos en sí, pero verlos en la oscuridad, infringiéndose dolor repetidamente, no era apto para cobardes.

Jactándose de su hombría, aseguró que él era capaz de acompañar al mismísimo demonio al infierno sin inmutarse, que no tenía un alma blanda como el resto de sus compañeros.

La ermita derruida

Una noche como tantas, el fulgor de las estrellas bañaba el cielo. De pronto unos pasos cansados, de viejo, se escucharon a la espalda de Txili. Era un penitente que le preguntó por una iglesia cercana con alguna imagen a la que acudir y poder azotarse. El pescador, asombrado ante tal petición y mirándolo de arriba abajo le habló del monte Oiz, un lugar incierto con varias capillas antiguas.

En el camino, el misterioso hombre esbozó una extraña y leve sonrisa y le dijo si quería acompañarlo, e incluso lo desafió diciéndole si tenía miedo de ir con él. Ambos subieron al monte, pero al llegar a la puerta de San Pedro, el penitente se cubrió el rostro con su embozo y siguió de largo. Lo invitó a continuar. Caminaron por un largo trecho, el frío penetraba en sus huesos, las horas se hacían cada vez más largas, hasta que llegaron a otra ermita casi destruida pero con una imagen de Cristo en la puerta. El extraño individuo caminó en círculos alrededor de la construcción, pero ni siquiera se fijó en la imagen, como si le causase repugnancia. El pescador, ya cansado y más que extrañado con la actitud del hombre, se burló de él: ‘-Pues vaya penitente estás hecho’, a lo que éste le replicó: ‘-¿Es que acaso tienes miedo?’.

Txili, harto ya de la pesada broma, levantó los puños dispuesto a terminar con burla, pero cuando lo cogió por los hombros y comenzó a zarandearlo con violencia, vio algo que le paralizó la sangre. El extraño ser tenía pezuñas y manos de chivo.

El atalayero corrió tan deprisa como pudo, intentando no oír el sonido de las patas golpeando en las piedras, mientras el extraño y huesudo monstruo le gritaba: ‘-¡Tienes miedo, tú tienes miedo!’

La salvación de Txili

Txili Zamakola, el gigantón de Lekeitio, llegó al único sitio donde creyó que podía encontrar refugio. Aterrado, se precipitó prácticamente al interior de la iglesia. Resguardado en la oscuridad siguió escuchando la voz del penitente: ‘-¡Maldito, eso te ocurre por nombrarme! Ya habías caído en mi poder. Da las gracias al lugar donde te cobijas, si no, ya estarías entre mis garras!’
Horas más tarde, alguien golpeó con fuerza el trozo de puerta que aún quedaba en pie.

En Lekeitio cuentan, a pesar de que Txili murió hace más de doscientos años, que quedó la prueba de toda esta leyenda. Hasta hace unos años, marcada en la madera, se podía ver la pata de macho cabrío, la marca del diablo penitente.

Esta historia, magistralmente contada por Iker Jiménez, fue emitida en el programa Milenio 3 de la cadena SER, en el programa del 28 de octubre de 2002.

@mamiroca


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