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El Mont Saint-Michel


Un lugar plagado de misterios e historias, provocador, situado al norte de Francia.


En la Normandía Francesa se encuentra este islote de novecientos metros. Un pequeño promontorio que sale del mar, como si de un cuento de antaño se tratase, que mantiene intactos su historia y sus sagas grabadas en sus rocas desde el mismo instante en que fue hecha, hace ya trece siglos.

Una carretera nos lleva hasta la llanura que circunda el Mont Saint-Michel, monte en el que cuando la marea está baja, se pueden contemplar extensas dunas de arena, aunque dos veces al año, la marea sube y lo recubre todo y entonces solo es viable llegar allí por carretera. Hace muchos años, no existía esa vía extra y solo se podía llegar cuando la marea bajaba.

La potencia de las mareas es inconmensurable, hay una leyenda que dice que el agua puede adentrarse a la velocidad de un corcel mientras galopa y es vital recordarlo para que el turista pueda evitar algún que otro susto que podría dejarlo sin comunicación. 
Hay quien dice que existen arenas movedizas alrededor de la isla en los terrenos que cubre el mar. El hechizo que despliega el espacio entre las murallas desde fuera se ve ampliamente acrecentado cuando estamos dentro, si traspasamos un importante portón del Medioevo.

Se le conoce como ‘La maravilla de occidente’, y fue construido en el siglo VIII, donde se quiso probar la fe al arcángel San Miguel, que luchó contra el mismísimo demonio, ganándole en la contienda y por ello no es de extrañar que este sea uno de los lugares del mundo donde más rezos y plegarias existen contra las posesiones diabólicas.

En primer lugar fue una cripta, más tarde, una iglesia románica, luego un monasterio de estilo gótico, una prisión y finalmente uno de los centros de peregrinación católica y turística más relevantes de Europa. Los benedictinos revistieron la isla de una leyenda dorada y luego de su alianza con los duques de Normandía hicieron de él un centro de estudio y un lugar para intelectuales.

Cuando estamos dentro vemos una cantidad ingente de construcciones. Un pequeño pueblo medieval se halla en el estrato más bajo y en la actualidad la mayoría son tiendas, albergues o tabernas. Una calle angosta y empinada tiene construidas a sus lados varias pequeñas casas y en ellas se nos abren sus puertas como en la antigüedad, con la cordialidad y gentileza de quien siempre ha recibido a los peregrinos.

Luego de un laberinto plagado de vericuetos nos encontramos al fin con la abadía y en la parte más alta, en el punto más elevado vemos a San Miguel que nos trae a la memoria que en el año 708, un obispo de Avranches llamado Aubert, tuvo un sueño en el que se le apareció el arcángel que le pidió que construyese una iglesia allí mismo.

Al principio la isla se conoció como ‘monte tumba’ y los celtas decían que era un espacio para la magia y el misterio. En sus alrededores hay un enorme bosque en el que se cuenta que fue devastado por el mar y que se correspondía con la desembocadura de varios ríos. Se dice también, que el obispo Aubert, luego de haber soñado con el arcángel envío a varios monjes al sur de Italia para que trajesen sus reliquias y al volver, descubrieron el milagro.
Una gigantesca ola había hecho desaparecer el bosque donde se había levantado la iglesia, dejando a la vista la enorme piedra, rodeada de arenales.

Allí quedó una comunidad de monjes, pero el duque de Normandía en coordinación con el papa Juan XIII, terminó por echarlos en el siglo XX y en sustitución pusieron a treinta benedictinos. En los siglos XI y XII los monjes edificaron una abadía románica compuesta por una enorme iglesia, en lo más alto del islote y debajo un convento en tres niveles diferentes. Esto fue de obligado cumplimiento por la geografía de la isla, que no permite una construcción al uso de un monasterio.

Fue asediado por las tropas bretonas e inglesas, y durante la Revolución Francesa se lo utilizó como prisión. En la Segunda Guerra Mundial fue todo un ícono para los soldados de los Estados Unidos que desembarcaron en Normandía para liberar a Francia de los nazis.

Hoy en día, el Mont Saint-Michel sigue siendo un lugar atrapante y sin tiempo, un lugar tan enigmático que debido al embrujo de las mareas, nos muestra una imagen diferente, cada día que pasa.

Como  siempre, las atrapantes historias que nos trae Carlos Cala Barroso, el programa Milenio 3 de la Cadena Ser.


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