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¿Qué o quién mató a Joao Prestes?


Desde principios del siglo XX, en polvorientos expedientes policiales duermen casos de personas que han fallecido luego de afirmar haber visto extrañas luces. Tal es el caso de Joao Prestes, el caso más horroroso de la ufología ocurrido en Brasil.

Los cuerpos de los afectados, en todos los casos acusaban el haber estado muy próximos a emanaciones radioactivas. Generalmente estos sucedieron en poblaciones lejanas y carentes de luz y agua potable, en pleno corazón de Brasil.

Iker Jiménez dedicó todo su programa Milenio 3 del 27 de abril de 2003 a estos inquietantes casos.

Muertes en torno al fenómeno ovni

Pablo Villarubia Mauso es un periodista y escritor de libros como Un viaje mágico por los misterios de América o Brasil insólito, además de un gran aventurero que puso sobre el tapete este tema tan controvertido en la Cadena Ser.

Existen situaciones en que los encuentros con estos objetos pueden tener efectos perjudiciales para el cuerpo humano.
El responsable del Centro de Energía Nuclear de la Generalitat de Catalunya comentó al programa que existen casos con poca información, en los que personas que no tienen ni luz ni agua, se vieron sometidos a fuentes de energías ignotas.

Él nos decía: ‘- Yo me baso en este catálogo que ha compilado el Dr. Kessler de la NASA, sobre presuntos efectos fisiológicos del fenómeno ovni sobre los seres humanos. Hay una colección de casos impresionantes. Lo que ocurre muchas veces es que no están bien documentados. Por el hecho de que hayan ocurrido en regiones remotas del planeta, o porque los científicos y en especial los médicos no le hayan prestado mucha atención, no están muy documentados. Lo que sí se puede decir es que un pequeño porcentaje de las personas que han estado en contacto en una relación de proximidad con el fenómeno ovni, en algunos casos presentan una sintomatología, pero siempre en un número muy pequeño.’  

Joao Prestes

El 4 de marzo de 1946, este hombre estaba pescando un día como tantos en el río Tieté, en una población recóndita de Brasil. Se despidió de su compañero de pesca estrechando fuertemente su mano, sin imaginar, ni remotamente, que sería el último.
Pablo Villarubia confesó que esta historia, por la manera en la que murió este hombre, le provocaba miedo. Tal vez Joao Prestes Filho fue el primer mártir de esta extraña forma de morir.

En una tarde de Carnaval, Joao regresaba a su casa, mientras su mujer había ido a Araçariguama, una población realmente muy paupérrima y de escasos recursos. El agua la tenían que traer en cubos desde el río, y aunque se sitúa apenas a cuarenta y siete kilómetros de Sao Paulo era en el año 1946 un lugar aislado, con una población de aproximadamente dos millones de habitantes. Un sitio que reflejaba fielmente lo que podríamos denominar el ‘Brasil profundo.’

Cuando murió tenía cuarenta y cuatro años. Era un labrador y pescador que entró en su casa, una humilde choza y se disponía a preparar el pescado. Antes se dio una ducha y al salir, se encontró de improviso con una especie de siniestra luz amarilla, un rayo que entró de lleno en su casa. Desde ese mismo instante, comenzó a sentir que su cuerpo ardía, que un terrible escozor se apoderaba de él. Fue hacia el espejo y comprobó que tenía quemaduras y le costaba mover las manos. Paralizado y aturdido, se dirigió hacia la puerta y con sus dientes logró abrir el pasador. Echó a correr más de dos kilómetros para pedir auxilio en el centro del pueblo.

Su piel tenía un color extraño como si hubiese sido asado, y estaba poseído por el pánico y la confusión más aterradores. Cuando por fin llegó a la casa de su hermana, se arrojó en una cama y comenzó a temblar y a sudar pavorosamente. Sus familiares vieron cómo su cuerpo estaba prácticamente calcinado, excepto el pelo y las partes que estaban cubiertas por unas bermudas.
El acta de defunción corroboró que presentaba quemaduras de primer y segundo grado, pero tal vez habría que remontarse unos meses antes de su muerte.

No era la primera vez

Joao Prestes ya anteriormente había sido acometido por un suceso parecido a este, mientras llevaba unas mulas a través de las montañas que se encuentran entre Sao Paulo y Rio de Janeiro, cuando al caer la tarde, pudo ver una bola de luz que se le aproximaba, que lo cercó y lo rodeó por todos sitios hasta que lo tiró de su mula.
En esa oportunidad él lo relacionó con el Boi tatá, el legendario mito del que ya hablaron los españoles y portugueses que habían conquistado la zona.
El padre Anchieta, un fraile canario que había estado catequizando allí, fue testigo y  habló sobre una extraña esfera de luz que acosaba y mataba a los indígenas en el año 1500.

El Boi Tatá en Brasil, la Luz Mala en Argentina, Lamparín de muerte en España, el mismo fenómeno inexplicable que en este caso le dio muerte al testigo. La muerte lenta y agónica de este hombre que en su cama repetía una y otra vez: ‘- La luz, la luz’, y un prefecto que contaba que ‘la carne tomó el aspecto como si hubiese estado cocida durante muchas horas mientras que sus orejas se fueron deslizando por la cara. Se le abrieron las piernas, surgieron las rótulas, y los cartílagos fueron cayéndose.’
La muerte fue lenta y dolorosa hasta extremos insospechados. El parte afirma que fue provocada por un ataque cardíaco y quemaduras de primer y segundo grado.

Mucha gente se hizo eco de la noticia, y acudieron a ver qué sucedió. Decenas de personas fueron andando para ver la congoja y angustia del moribundo y mientras la carne se desprendía de su cuerpo, con lo que se pudieron ver sus huesos y tendones mientras estaba postrado en un camastro. En un primer momento el dolor fue insoportable, pero a medida de que las extensiones nerviosas se fueron muriendo, su sufrimiento también desapareció.

La forma en la que murió este hombre, se corresponde perfectamente con lo que explicó el Director del Centro de Energía Nuclear:
‘- En el caso de las radiaciones ionizantes, a partir de ciertas dosis, una persona puede morir. En Chernobyl, doscientas cincuenta personas fueron internadas en un hospital y veintiuno de ellos murieron. De los que habían recibido menor radiación murieron siete y de los que menos recibieron no murió ninguno. Los efectos de la radiación tienen una naturaleza estadística, dependiendo de la radiación que reciba, usted se morirá.’

Nueve horas duró el calvario de Prestes. Lo llevaron a un hospital de un pueblo cercano, donde finalmente falleció.
La policía abrió un expediente para intentar resolver la causa del fallecimiento, pero hasta la fecha nada se sabe. Su hermano, que era subcomisario, puso todo el arsenal del que disponía para tratar de resolver este luctuoso hecho, aunque el dossier nunca fue hallado.
En los años ’70 unos franceses exhumaron el cadáver y a día de hoy no se sabe dónde está.

El misterio no siempre es un simple susto en una conversación de sobremesa, o en un camping, en las frías noches de invierno.